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El factor humano

Rafael Bravo
Centro de Salud Linneo. Madrid

7DM877 OPINIONCada vez que iba a ver a María, mis ojos se depositaban en el pequeño afiche que amarilleaba en la pared enfrente de su cama. Mientras distraídamente hacía como que la auscultaba, repasaba las figuras que lo poblaban. Apenas se podía distinguir algo; pero había una que sobresalía: era la de María. La caricatura, aunque de una María mucho más joven, era buena: apoyada en una fregona, parecía dispuesta a fregotear un suelo sobre el que danzaban chuscas figurillas. Hacía tiempo que me interesaban más los sonidos de sus recuerdos que los de sus pulmones, así que, sin rubor, le pregunté sobre el pajizo folio que adornaba su humilde estancia.

Verá, don Rafael, como sabe enviudé muy joven; mi Pedro, el pobre, tenía un portal de joyería. A costa de trabajar mucho, ganaba un sueldo que nos permitía salir adelante. Pero un día se levantó echando sangre por la boca; el médico dijo que era tuberculosis, pero para mí que fueron las corrientes del portal. No me quedó nada, ni pensión; me tuve que poner a trabajar para sacar adelante la casa que mi Pedro había dejado tan sola. Una mujer en el Madrid de después de la guerra, con un hijo que alimentar y sin estudios, sólo podía hacer una cosa: fregar suelos. Por suerte, me pude colocar en un bufete de abogados. Yo era la señora María, «la que limpiaba». Fíjese si me querían que, cuando me jubilé, el último día, sin avisarme, me estaban esperando con una tarta y unos regalos. El que más me gustó fue ese dibujo por el que me pregunta; lo hizo José Luis, un meritorio que siempre estaba de broma y sabía dibujar de maravilla. ¡Bueno!, también me emocionó mucho el regalo del jefe, don Armando, «un reloj de lujo»; mire, mire lo tengo aquí en la mesilla. ¡Pero María!, si está sin estrenar, le respondí yo. Claro, cómo iba a ponerme un reloj tan bueno. Pero sabe, don Rafael, lo más bonito no fue el reloj, sino las palabras de don Armando y el abrazo que me dio al terminar. Y eso que apenas me conocía; se lo dije a Ana, su secretaria, mientras recogíamos los restos de la fiesta. Ana me contestó: eso le pregunté yo a don Armando, y ¿sabes lo que me respondió? ¡Sí, dime! Pues que te conocía mucho, que durante treinta años casi no te había visto, pero que todos los días apreciaba tu trabajo y, sobre todo, el cariño con que colocabas su mesa.

En recuerdo de Ángel, que cuando hace poco se jubiló, el único mensaje de despedida de la sanidad pública en la que había trabajado toda su vida fue un frío correo electrónico.

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Rafael Bravo Toledo

Centro de Salud Linneo. Madrid

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