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El valor de la palabra

Conocí a un señor que hablaba tanto que alguna vez llegó a decir cosas importantes. Tristemente, cuando lograba decir alguna, nadie mantenía la atención. También me hablaron de otro que no es que fuera mentiroso, sino que por tanto hablar se le agotaban las verdades.

Me vienen a la cabeza porque desde hace algún tiempo me preocupa la pérdida de valor de las palabras. Un fenómeno que nace de algo parecido al uso de la música como ruido de fondo en cualquier sitio público. Un runrún que aturde y desvirtúa la música como concepto, y que al final acabamos ignorando. Una salmodia que idiotiza a un buen montón de gente que va por el mundo con auriculares, sordos a lo que pasa dentro de ellos y a su alrededor. De forma similar, hay un ruido de fondo de información. Demasiadas palabras tras las cuales hay muchos intereses para llevarnos a huertos de lo más diverso, desde la publicidad a la política, sin contar con la pura y simple estupidez de muchos parlantes a los que, por razones incomprensibles, se les prestan importantes foros. Palabras que son ruido de fondo, pistas falsas, seducción del lobo o manzanas envenenadas. Palabras que, así como la música del Carrefour pervierte la Música y es ruido, pervierten el valor de la palabra. Palabra con mayúsculas, que fue un compromiso sagrado entre dos personas. De ella pasamos a no creer nada, salvo aquello que, como decía mi suegro, hubiese sido publicado en el Boletín Oficial del Estado. Y, con lo que hemos visto en los últimos años, ni eso.

El párrafo anterior (lleno de palabras) podría dar razón a aquel proverbio que reza que te puedes arrepentir de tus palabras, pero no de tus silencios. Pero tampoco estoy de acuerdo con eso. Me he arrepentido muchas veces de no haber dicho verdades que debía decir, y me disgusta mucho mi incapacidad para replicar en caliente. Comparto lo que escribió Quevedo:

No he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo.
¿No ha de haber un espíritu valiente? ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?
Yo, que pobre de mí, valgo mucho menos que él, y por lo que sus biógrafos cuentan tengo mucha menos mala leche, callo, y callo demasiadas veces. Así que entiendo que la palabra no ha de ser mucha ni poca, sino adecuada, y veraz, y cuando no, al menos divertida.

Los médicos trabajamos con la palabra. No hay ninguna otra herramienta clínica que nos aporte más información, ni otro medio mejor para distinguir un buen médico de otro malo. El médico pregunta y provoca las respuestas. Escucha e interpreta, mediante la palabra, lo que al paciente le sucede, y con ello intenta llegar a la pequeña verdad de su dolencia. Por la palabra conocemos el ánimo y la actividad de nuestros pacientes. Por ella entendemos la forma en la que sus vivencias afectan a sus síntomas, y nos acercamos a ellos como personas. Los malos médicos sustituyen la palabra por las pruebas o por las derivaciones. Para hablar y escuchar menos, desviamos los problemas a una máquina o a un compañero, que muchas veces acaba siendo un enemigo. «No parece nada, pero le mando al neurólogo para descartar.» Y el neurólogo: «no parece nada, pero le haremos una resonancia para descartar». Y el uno y el otro, con sus palabras, habrán creado una inseguridad que permanecerá como otra enfermedad, la angustia, todo el tiempo en el que el paciente esté en lista de espera, hasta que tenga todos los descartes informados. Porque los médicos también curamos por la palabra: con ella damos o quitamos la seguridad que los pacientes buscan en nosotros, y con ella damos el apoyo humano que presta razón y soporte a cualquier tratamiento.

Volantes y recetas son, muchas veces, las formas de abreviar y de conseguir que éste se vaya y que pase el siguiente, porque hay que atender además la consulta del compañero ausente o hacer los avisos. Mucho se ahorraría si diésemos más valor al tiempo y a la palabra, y menos a la fanfarria. Lo triste es que quienes nos hablan de humanizar la medicina se pirran por salir en fotos con aparatos de alta tecnología, y por inaugurar cosas raras. Cuando lo que nos falla, en la atención sanitaria como en la sociedad toda, es dar valor a la palabra. 

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Ana de Santiago Nocito

Médico de Familia

EAP Cogolludo

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