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Noches de gloria

Reconozco que acepté ese trabajo para hacer guardias yendo a ver a los pacientes a los domicilios porque era la última oportunidad que me quedaba de salir por las noches. Uno de los signos patognomónicos de la treintena es que a la vez que la noche pierde interés como campo de batalla y/o mercado del amor, la vida se va convirtiendo en algo en cierto modo decadente, probablemente mediante una relación causal entre ambos acontecimientos. A los treinta se renuncia a la población diana para, mediante los criterios de inclusión y exclusión, quedarte con la población accesible, y al final conformarte con una muestra elegida mediante un muestreo no probabilístico, a conveniencia. Pasas de tomar Chi(vas al) cuadrado en las discotecas a tomar por las tardes tés de Student.

A mí siempre me ha gustado creerme que por la noche es posible lo que parece imposible por el día. Las expectativas (el origen de todos los males de la vida) se hacen infinitas, por eso cuando llega el desengaño o el amanecer toda esa ilusión se desvanece y sobreviene el desconsuelo. Es como la sensación de cuando vas a ver a un paciente de madrugada y ya, de vuelta en el Centro de Salud, crees que con la medicación que le has puesto va a pasar una noche tranquila: una quimera ilusión. Y resulta que al final se fue a urgencias por su cuenta. Es como cuando la persona por la que tú te empeñas se termina yendo con otro. Por la noche duelen el alma y las muelas, y los llantos de desamor de antes en las calles en penumbra son los llantos en las casas de ahora por no querer ir al hospital. El ir al hospital de ahora es igual de maldito que el tener que irse para casa de antes. El vómito de la borrachera de antes es el vómito del cólico biliar de ahora. Las décimas de ahora son la fiebre del sábado noche de antes. El saliente de ahora es la resaca de ayer, ambos dos con priapismo y llanto con la música del telediario. La píldora del día después se llama ahora ibuprofeno.

Me encantan ayer y hoy esas escenas límites en casas desconocidas con mujeres desconocidas en pijama y sin sujetador y con halitosis bilateral en pasillos mal iluminados, me encantan los portales, las pensiones, las residencias de las monjas, ir de «lao a lao» en medio de la noche, las desoladas noches de diario en las capitales de provincia, observar desde el coche aquellos hombres de mirada perdida que transitan la noche buscando algo que no existe, y peor de todo, buscando algo que saben que no existe.

El sonido de los pájaros, otrora momento de la vergüenza, ahora motivo del orgullo y la satisfacción de saberse uno hombre de provecho y que el fin de la jornada queda cerca. La vergüenza de antes en ese encuentro en el pasillo del padre que madruga para trabajar y el hijo que se retira borracho a la cama. La mirada que se evita ahora en ese encuentro en el pasillo del Centro de Salud entre el médico de familia madrugador del turno de mañana y el saliente de guardia, que le cascó furosemida al paciente del cupo de aquel para que el riñón se perfundiera y que ahora no sabe si la diuresis forzada le meterá en insuficiencia renal o le sacará de ella.

Dicen que por la noche a los pacientes que están solos se les aparece el ataúd debajo de la cama y que por eso reclaman nuestra presencia con cualquier excusa. El noctámbulo profesional también tiene muchos fantasmas, como meterse en la cama y no dormirse o que un día tenga que madrugar para ir al banco.

Me encantan esos bares de noche gremiales, en ramos de producción: en esta mesa se sientan los sanitarios, más allá los taxistas («En los bares de taxistas por la noche dan comidas», Francisco Nixon), por allí los borrachos. Bares de clase, como los sindicatos. Me encanta transgredir las normas por la noche con el coche sanitario: pisar la línea, meterme por dirección prohibida. Las normas de circulación venosa y arterial. La sangre, el vidrio y las parejas de retorno.

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