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Señoras de la limpieza

Solamente un ignorante puede considerar a las señoras de la limpieza personal no sanitario.

El otro día estaba viendo a un paciente y Eugenia (la Uge) entró a echarme ambientador en la consulta para decirme disimuladamente al oído: «Roberto, pasa a uno que viene de urgencias que está con un infarto». Efectivamente lo tenía, y al preguntarle que por qué lo sabía me dijo que porque había venido acompañado de su mujer. La esposa es un alto cargo de un Ministerio y nunca acompañaba al marido al médico, porque estaba siempre muy ocupada. Otro día me dijo: «Eusebio ha perdido mucho peso, hazle una analítica a ver, si no se la has hecho todavía». Y tenía hipertiroidismo. En otra ocasión me dijo: «Ha dicho en la sala de espera la chavala que has visto esta mañana a primera hora que eras muy guapo». O: «Ha dicho la maruja que venía de urgencias que qué barba más pordiosera llevabas». Al día siguiente aparecía yo, claro, afeitado.

Señoras de la limpieza las hay de dos tipos. Por un lado están las jóvenes. Casi siempre quieres que estén y nunca están. Los médicos suelen tirarles los trastos con fruición y siempre llevan un auricular en una oreja, mientras que les puedes hablar por la otra. Por otro están las mayores. Casi nunca quieres que estén y siempre están. Siempre te friegan cuando te viene mal, y por ende, o te retienen un rato largo en la consulta en contra de tu voluntad o te hacen ir a ver al médico de al lado a su consulta en lo que se seca la tuya. Cuando esto último sucede se suelen poder hacer dos cosas. O te vas a la consulta de la médico sustituta a tirarle los trastos o te vas a la consulta del médico con plaza fija porque como tiene la plaza fija ha prolongado un poco el desayuno y te puedes poner un rato a Internet con su ordenador.

Pisarle lo fregado a una señora de la limpieza mayor es como despertar a un adjunto por la noche sin que él considere que es necesario, como mandarle a una enfermera de urgencias poner de primeras una medicación sin haber visto al paciente siendo residente de primer año, como pedirle al cardiólogo que te ingrese una insuficiencia cardiaca o como querer repetir en el comedor del hospital en las comidas que te pagan por estar de guardia.

Reconoceréis a las señoras de la limpieza mayores porque a diferencia de las jóvenes siempre van con los auriculares en los dos pabellones (auriculares, claro). Un día le pregunté a la Uge que qué programa de radio escuchaba y me dijo que los llevaba apagados. «Los llevo para que la gente no me hable y no tener que aguantar sus chorradas –dijo–. Yo ya soy muy mayor, Roberto, y ya he aguantado muchas chorradas. Muchas.»

Yo sabía que la Uge se enteraba de todo lo que pasaba en el Centro de Salud, incluso de lo que pasaba de puertas para dentro de las consultas, pero que sabía callar. De hecho, ella sabía que no le pagaban por limpiar, sino por callar. Nos conocía a todos y cada uno de nosotros mucho mejor de lo que nunca hubiéramos podido imaginar.

Yo era consciente de este fenómeno y no podía evitar sentir vergüenza cuando tenía que hacer mis necesidades mayores en el baño y me daba cuenta de que ella lo advertiría. Era consciente del vacile que supone que una profesional con todos sus trienios a la espalda llame de usted a un mindundi de 29 años como yo, por médico que sea.

Al igual que los médicos, hay señoras de la limpieza con vocación por la Atención Primaria. Yo las veo pasar la mopa o hablar con los pacientes en la sala de espera y puedo ver impregnado en ellas, sin lugar a dudas, el espíritu de Alma Ata.

Hay que tener cuidado con pisarle el trabajo a las señoras de la limpieza mayores, porque siempre se deja huella.

Ellas son mis favoritas de todo el personal que trabaja en las instalaciones sanitarias. Porque ellas han dejado, también, mucha huella en mí. Me han enseñado mucho de la vida y de la Medicina. He hablado con ellas y me he enternecido con sus historias, con sus vidas duras, a veces; me he alegrado con los progresos de sus nietas y me he indignado con algunos (mal)tratos recibidos. Siempre han sido un hombro en el que llorar a condición de que la lágrima no cayera y manchara el suelo.

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Roberto Sánchez

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