Yo también estoy indignado ¿Y tú?

El denominado Consenso de Washington fue acuñado por primera vez en el año 1989 para definir un conjunto de estrategias, conocidas con el tiempo como neoliberales, cuya resultado final ha sido el de enriquecer más a los ricos, reducir los Estados al mínimo, disminuir la renta disponible de las clases medias y empobrecer más a los pobres a la vez que llevaba más gente a la condición de pobreza. El análisis somero de cómo el poder financiero se apropió y expropió recursos y funciones al capitalismo productivo y a la política se ha descrito en más de un centenar de libros publicados recientemente y, para los que quieran ir más al centro del debate en tres documentales: «Inside Job», «Let's make money» y «Too big to fail».

Llegados a esta situación, en donde desde una disciplina tan seudocientífica y especulativa como la economía se proponen tomar medidas de austeridad para reducir el déficit público, cabe hacerse dos preguntas esenciales: 1) ¿Dónde estaban los médicos cuándo esto pasaba? y 2) ¿Qué van a hacer cuándo los recortes afecten la calidad de la atención sanitaria y la calidad de vida de sus familias? La primera pregunta tiene una fácil respuesta que se expresa poco: la mayoría de los médicos, y los otros profesionales de la salud; estaban investigando, atendiendo a sus pacientes y formando a nuevos médicos. No especularon con la vida de los demás, no jugaron a hacer de alquimistas con los recursos sanitarios y siguieron comprometidos con el progreso científico y social. Los médicos no son los culpables de la actual crisis y, por lo tanto, no deben asumir el coste de la misma. Es una cuestión de justicia social que las crisis las han de pagar los que las generan. La segunda pregunta es más compleja de responder porque la mayoría de mis colegas han sido alérgicos a las cosas relacionadas con la economía, cediendo el discurso a personas que no han sido nunca pacientes o han vestido bata blanca, o con la ciencia política, dejando que accedieran al poder personas sin formación y experiencia en el sector. De hecho, el Sr. Rubalcaba hizo más discurso sanitario en 5 minutos el pasado 9 de julio que todos las ministros de Sanidad nombrados por el actual presidente del gobierno juntos. Por cierto, ¿dónde han estado todos los que aplaudían ese discurso estos últimos 7 años?

Mi propuesta a mis compañeros representados en diferentes profesiones, sociedades científicas y sindicatos es la de diseñar un plan sanitario que evite la pérdida de los grandes logros sociales conseguidos: una sanidad de calidad, gratuita, de acceso universal y que trate a los pacientes siguiendo la máxima aristotélica de «tratar a iguales como iguales y a desiguales como desiguales». Se trataría de conseguir el Pacto Sanitario, que a pesar de los esfuerzos de Gaspar Llamazares, la política no consiguió en el Congreso de Diputados. Si ellos no saben hacerlo se lo tendremos que dar hecho, porque los políticos pasan por el sector pero los pacientes y los profesionales se quedan en él. Y hemos de recordar que somos herederos de una generación de profesionales, entre los que estaba mi padre, que durante muchos años, en ausencia de gobiernos, sacrificaron su vida personal para poner los fundamentos del actual Sistema Nacional de Salud. Las crisis deben generar oportunidades para progresar y reflexionar sobre cómo hemos de avanzar pero nunca deben ser aprovechadas para promover un regreso hacia el pasado. La propia naturaleza de la profesión médica y de su actividad no permite mirar hacia delante con la marcha atrás puesta. Ante un gobierno a la deriva y una oposición apocalíptica, la única solución posible es aprovechar la coyuntura para diseñar la sanidad que todos nos merecemos, incluso aquellos que han maniobrado en la oscuridad para desmontarla como respuesta a algo tan poco democrático como los mercados y las oligopolistas agencias de calificación. Nunca las clases dirigentes de las finanzas y la política podrán solucionar el desastre que han generado, porque cada vez responden más a intereses privados que ignoran a las personas y a su salud. La sanidad debe estar dirigida por los profesionales del sector no por personas ajenas al mismo o que gozan de una visión sesgada e inapropiada de lo que hemos conseguido y del potencial para seguir progresando. Hay que recuperar el poder que tuvieron nuestros antecesores y ponerse el sector a la espalda. Así, cuando los financieros estén enfermos les enseñaremos qué significa la dignidad humana y podrán acceder a un sistema sanitario basado en una justicia social igualitaria y no en una libertaria. El sistema sanitario es social, nunca ha sido neoliberal. Nunca.

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Albert Jovell

Presidente del Foro Español de Pacientes  †2013

 

 

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