Un mundo feliz

Llevamos ya un par de años en esta crisis económica mundial que inicialmente no existía y que luego se iba a acabar hace ya unos meses. Somos muchos los que seguimos tiritando al leer las noticias que nos relatan los vaivenes anímicos de los mercados, ese magma abstracto que suponemos de personas que además deben ser ciclotímicas. No sabemos si es una mafia, una logia confabulada o la mera coincidencia de especuladores inconexos, improductivos y volubles. Lo que sí parece claro es que son ellos los que marcan las normas y deciden a qué edad nos debemos jubilar, cuánto cobraremos y si seguiremos existiendo los que trabajamos para lo público. La desgracia de esto es que el litio y el haloperidol no han logrado estabilizarlos, y siguen cargando contra el resto. Deberían estudiar algo de biología, porque así aprenderían que los parásitos que acaban matando a sus huéspedes son poco efectivos. Triunfan aquellos que logran habitar sobre su víctima extrayéndole los jugos lentamente, en periodos prolongados pero sin causar su muerte. Algo muy parecido a una hipoteca. Si además te logran vender que con eso logras la felicidad, el resultado se parece mucho a la publicidad de un banco, y también a la novela de Huxley, Un Mundo Feliz.

La crisis que sufrimos tiene mucho de crisis de pensamiento y algo menos de económica. Es la consecuencia de la sustitución de las ideas y los proyectos por el afán de beneficio inmediato, en el que participa no sólo lo económico, sino también lo político. El beneficio electoral, obtenido en plazo breve y a cualquier precio, es el equivalente a la burbuja inmobiliaria, y juntos han hecho estragos en nuestra sociedad. La ausencia de ideología, de criterio moral y de proyectos de futuro siguen haciéndolos. Ambos han creado la idea de que son los pelotazos (económicos, políticos o sociales, da igual) los que dan la fama y los beneficios, y no es el esfuerzo y el trabajo rigurosos. El yate del pocero luce mucho más que el trabajo del CSIC. Y con esa triste herencia, la del afán de éxito inmediato y la de que el que no se aprovecha es porque no puede, dejamos a nuestros sucesores un campo arrasado. No ya porque no haya trama productiva en el país, que poca hay, sino ante todo porque no quedan ilusión, proyectos ni formación para sacarlo adelante.

Tengo la suerte de ser médico en una comarca en la que la crisis ha afectado poco a mis pacientes. Sus pensiones raquíticas son suficientes para complementar la huerta, las setas y el mucho trabajo diario al que han estado acostumbrados toda la vida. Sólo a algunos, los que vendieron tierras para que otros especulasen, les ha venido muy mal. Y a los farmacéuticos, que con el margen que les queda, con población muy escasa, ven peligrar su negocio que no deja de ser un servicio público. En una tierra dura, en la que el trabajo es la clave de la supervivencia y en la que se tiene que prever de año en año la producción, el enriquecimiento rápido sólo puede venir por la lotería. Para personas que se han acostumbrado a necesitar poco, lo que tienen les permite ser generosos y compartir mucho. No digo que sea la forma mejor ni la única de vivir. No hay cine, no se ven exposiciones y lujos no hay demasiados. Pero también os digo que hace meses, muchos meses, que no receto lexatin.

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Ana de Santiago Nocito

Médico de Familia

EAP Cogolludo

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