Pensar, medir y evaluar antes de recortar

La crisis económica que nos afecta junto con el aumento de la demanda de servicios de salud han puesto de manifiesto la existencia de insuficiencias presupuestarias en los servicios de salud de las CC.AA. Así, el nuevo gobierno catalán ha cifrado en un 10%, por encima de los 850 millones de euros, la medida de esa insuficiencia. En estos momentos la palabra que más se maneja es la de recortar, es decir, dado que el presupuesto necesario está por encima de lo factible se ha de reducir a las cantidades disponibles.

Si se mira la situación desde una perspectiva de economía doméstica, los ingresos son los que son, y han disminuido también en muchos hogares y en los gobiernos, y los costes se pueden recortar de múltiples maneras. De los escritos del economista Wilfredo Pareto se puede inferir que «cualquier movimiento en la distribución de recursos causa beneficiados en los que los reciben y perjudicados en los que los pierden». Ello obliga a realizar los recortes de forma quirúrgica o como si un sastre te tuviera que hacer un traje a medida, con corte preciso. Desde una perspectiva ética, recortar implica tener una idea clara sobre los porqué, qué, cómo, cuándo y quién va a recortar. Y para eso es necesario ser capaz de medir y evaluar las consecuencias de los recortes. Este es un trabajo complejo de llevar a cabo, pero necesario para que los posibles recortes no afecten a la salud de las personas. En otras palabras, la distribución de los recursos tiene consecuencias y son éstas las que definirán la moralidad de los recortes y su fidelidad al contrato social existente entre ciudadanía y profesiones sanitarias.

La palabra recortar es poco idónea cuando se relaciona con la sanidad. De hecho, en los últimos años ha habido racionamiento en el acceso a innovaciones terapéuticas y, recientemente, un panel de profesionales expresó su opinión de que este racionamiento iba a ser mayor en el futuro y causaría desigualdades de acceso. Por otra parte, suena mal a oídos de la opinión pública y de los profesionales ya que causa malestar. Para contrarrestar esta inquietud semántica se precisa una explicación muy precisa de las causas y de la magnitud de los recortes, así como de qué tipo de innovación, fundamentalmente en procesos de provisión y en tecnología sanitaria, se podrá realizar en la nueva coyuntura presupuestaria. Se ha de evitar la idea de que la sanidad «camina hacia atrás» cuando la sociedad quiere que siga avanzando. En este sentido, siguiendo el símil de la economía doméstica, el sistema de salud tiene margen de maniobra para ser más eficiente y reducir el presupuesto deseado al real mediante la corrección de las ineficiencias existentes: duplicidad de servicios especializados de urgencias, pruebas y tratamientos; descoordinación entre niveles asistenciales, dispersión de servicios y profesionales que podrían estar concentrados favoreciendo economías de escala y mayor calidad asistencial, etc. Todas estas ineficiencias pueden ser corregidas si son detectadas, medidas y evaluadas apropiadamente.

¿Qué hay que evitar? En primer lugar el hablar de recortar sin valorar las consecuencias del recorte. Todo lo que no se financie debe ser justificado en términos de resultados de salud y necesidades no atendidas. En segundo lugar, la arbitrariedad, porque los recortes se han de justificar para que sean percibidos como justos por la sociedad. Los costes no tienen sentido si no van aparejados a resultados y consecuencias. En tercer lugar, que se dañe el talento del sector, bien sea porque se despida a profesionales muy bien formados, cuyo despido es más barato, pero que asumen grandes cargas de trabajo; se genere desmotivación y se dañe la autoestima o se frene la capacidad de progreso. En cuarto lugar, seguir obviando que en España la sanidad es un sector estratégico en la economía productiva, generador de empleo y promotor de externalidades positivas. En quinto lugar, pensar que con recortar se soluciona todo, en un escenario donde va a aumentar la demanda de servicios de salud, tanto de forma cuantitativa como cualitativa. Finalmente, hay que evitar no ser honesto con los pacientes, porque ellos deben estar informados de cualquier situación de racionamiento, o racionalización como le llaman los finolis, que les afecte y que pueda cuestionar la excelencia terapéutica. A pesar de la coyuntura, la calidad y la equidad no son negociables. Si se rescataron los bancos y se perdonaron sus chapuzas con más motivo se ha de rescatar la sanidad.

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Albert Jovell

Presidente del Foro Español de Pacientes  †2013

 

 

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