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Carlos Obeso Abalde

%AM, %09 %408 %2012 %08:%Mar ¡Escribe el primer comentario!

Si los ciudadanos ajenos a la economía conocieran el funcionamiento y sentido de los llamados mercados, los ataques de pánico, los insomnios y la ingesta de ansiolíticos aumentarían de forma dramática. Ya está ocurriendo aunque sólo sea porque un ciudadano puede no entender lo que pasa, pero sí sufrir las consecuencias. Y en España una consecuencia importante de eso que pasa es el nivel de paro extremo, un grave problema nacional.

Pues bien, si el paro es un problema, la sanidad, sobre todo la pública, es parte de la solución. Veamos por qué.

Entre el 2008 y el 2011 la ocupación cayó en España en 2.190.000 personas. En la sanidad por el contrario se incrementó en 70.000 personas, prácticamente todas en la sanidad pública, que ocupa a un 62-63% de los trabajadores en sanidad. De esos, cerca de dos de cada tres fueron mujeres, un colectivo todavía discriminado a nivel laboral.

El empleo sanitario es de calidad si entendemos por tal el tiempo (entre otras variables) en que una persona permanece en un puesto de trabajo. A finales del 2011 aproximadamente dos de cada tres de las personas empleadas en sanidad habían estado trabajando entre 3 y 6 años, sin duda un buen indicador si lo comparamos con la hostelería o la construcción, dos de los grandes empleadores del país, con ratios más pobres.

Por tanto, en plena crisis de empleo el sector sanitario público no sólo no destruyó sino que creó empleo neto, fundamentalmente femenino y con mayores grados de estabilidad que en otros sectores.

Que crezca la población ocupada en sanidad tiene sentido porque el porcentaje de población adulta que trabaja en el sector es del 4,1%, un porcentaje bajo dentro de la UE-15 (6,6%). Este desequilibrio se refleja en que el gasto sanitario público en España per cápita es del 79,5% del promedio de la UE-15. Si sólo nos fijáramos en estos datos el sector tendría capacidad de seguir generando empleo neto, el objetivo principal de los gobiernos de España, al menos en sus declaraciones.

Añadamos que el sector sanitario público investiga y es además motor de innovación. El ejemplo paradigmático sería el de programas de trasplantes. No es de extrañar por tanto que los españoles valoren el sector público y a los profesionales que trabajan en él, sin que aparentemente les influya en su opinión las crecientes descalificaciones (interesadas o no) sobre el sistema público.

Cuando tanto se habla de cambio de modelo productivo, de desplazar la actividad productiva hacia sectores que creen valor y por tanto empleo estable y de la calidad, parecería lógico que consideráramos al sector público español (en su versión nacional o autonómica) como algo a preservar y potenciar. Pero no está tan claro que vaya a ser así al menos para los genéricamente llamados mercados (por ejemplo, las últimas recomendaciones del FMI recordando que España tiene que recortar-reconvertir en sanidad y educación) o para determinadas políticas de recortes en comunidades autónomas, donde lo que más nos puede preocupar no es tanto el posible necesario recorte coyuntural sino el gesto, las ganas con que se utiliza la tijera.

Si lo que está detrás es la renovación del ideario liberal de más mercado y menos estado, mi opinión es que nos equivocamos. Pudo ser una fórmula renovadora y funcional, pero ya no lo es. El estado, los estados, necesitan recuperar su papel regulador, preservar y proteger del mercado a sectores económicos que puedan gestionar para buscar objetivos acordes con el bienestar social. En ese sentido hay que repensar aspectos importantes de la sanidad pública para aprovechar y hacer frente a los retos del siglo XXI; entre otros, la incorporación de la comunidad ciudadana a la gestión de la sanidad, la utilización inteligente de las tecnologías de la información, el debate sobre la muerte digna y un largo etc. Todo menos transformar de forma apresurada, en nombre de la eficiencia, y con argumentos sonrojantes, uno de los pocos sectores económicos que crea empleo de calidad, que innova y que es a su vez motor de innovación.

%AM, %03 %476 %2011 %10:%Nov ¡Escribe el primer comentario!

Hay tópicos inexactos respecto a la edad. Dos de los más repetidos son los que afirman que la mezcla de generaciones enriquece a las organizaciones o el de que con la edad las personas acumulamos una experiencia positiva. Discutir estas afirmaciones en el contexto sanitario es de importancia vital. Históricamente, y en especial en las profesiones médicas, el conocimiento se trasladaba desde los profesionales de mayor edad a los más jóvenes en forma de cascada con una jerarquía (servicios, departamentos, etc.) que se correspondía con el saber. Hoy la situación ya no es tan clara. Que con la edad se acumula experiencia positiva no siempre es cierto y menos en tiempos turbulentos. Pero en las profesiones sanitarias los vaivenes económicos afectan menos al conocimiento por lo que se puede seguir manteniendo que un médico de edad va a diagnosticar mejor que uno joven por la simple razón de haber vivido más casuística y que es bueno por tanto que esa experiencia se transmita. Lo que pasa es que siendo lo anterior verdad en genérico no tiene por qué serlo a nivel institucional. En la última década el acceso al conocimiento deslocalizado se ha incrementado exponencialmente estando los médicos jóvenes mejor entrenados para acceder al mismo. Pueden por tanto seguir respetando la experiencia pero no necesariamente, o no únicamente, la que se posea en su institución. Las jerarquías por tanto están cada vez menos legitimadas si se asientan sólo en el conocimiento institucional.

%AM, %01 %475 %2011 %10:%Jul ¡Escribe el primer comentario!

El idioma chino es complejo pero también lo es para nosotros el lenguaje corporal de los chinos. Algo aparentemente universal como alzar los dedos de la mano para indicar el uno, dos, tres y cuatro, no significa nada en la China continental. Imaginemos que estamos en Nanchan, al sur de la China (lejos del sofisticado Shangai), que nos da una lipotimia y que a las preguntas de una enfermera, en un inglés primitivo, mostramos cuatro dedos en cada mano para indicar que tenemos 44 años. La enfermera se muere de risa sin que nosotros sepamos porqué. Cierto lenguaje de las manos, que creíamos era un código universal, en China no funciona. Cuando ni el lenguaje de los gestos no sirve como vehículo de relación la desolación puede ser absoluta.

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