Entrevista con Gabriel Heras. Autor de «En primera línea. Un testimonio desde la UCI de la crisis del coronavirus»

Entrevista con Gabriel Heras

Gabriel Heras

Autor de «En primera línea. Un testimonio desde la UCI de la crisis del coronavirus»
Intensivista en la UCI del Hospital de Torrejón (Madrid). Creador del Proyecto HU-CI (HUmanizando los Cuidados Intensivos)

«La gestión basada en el miedo ha impedido hacer bien muchas cosas»

-La UCI del Hospital de Torrejón diagnosticó el paciente cero de la transmisión comunitaria de la COVID-19 en España. ¿Qué sintió en esos momentos?

-Sorpresa, porque las recomendaciones del Ministerio cambiaron el 26 de febrero por la tarde, diciendo que a los pacientes que tuvieran infiltrados pulmonares bilaterales sin diagnóstico filiado había que hacerles la prueba del coronavirus. En aquel momento teníamos la unidad de cuidados intensivos llena y solo teníamos un paciente que cumpliera con esos requisitos. El caso es que pedimos la prueba con poca fe y a las dos de la mañana del día 27 empezó el baile, cuando nos comunicaron desde Salud Pública de la Comunidad de Madrid que era positivo. Nos quedamos absolutamente estupefactos y lo primero que hicimos fue cerrar la UCI a cal y canto.

- Durante varias semanas todo el país contuvo la respiración a la espera de ver si las UCI eran capaces de no colapsar. ¿Qué sucedió en su centro durante el ascenso imparable de la curva?

-En una semana ya pudimos ver cuál era la magnitud del tsunami que nos iba a arrasar, porque en esa semana empezaron a llegar pacientes y más pacientes no sólo a la UCI, sino también al hospital. Y era curioso porque la gente no nos creía; intentamos trasladar pacientes a otros hospitales públicos de la Comunidad de Madrid y nos decían que éramos unos exagerados. Y en grandes hospitales públicos de Madrid no nos aceptaron a algún paciente que necesitaba membrana de circulación extracorpórea porque decían que se iban a infectar. Así que esa primera sorpresa pasó a ser rabia, porque pensábamos que no había derecho, que si una persona necesitaba un soporte en otro hospital se le tenía que ofertar. La verdad es que la gestión basada en el miedo ha impedido que muchas cosas se hayan hecho bien del todo.

-¿Qué retos clínicos y humanos le ha supuesto como intensivista el paciente con COVID-19?

-Primero ha supuesto un reto intelectual, porque además de toda la asistencia extenuante y el esfuerzo físico y mental, cuando llegabas a casa te tenías que poner a estudiar para intentar ofertar a los pacientes el mejor tratamiento posible. Pero los chinos decían una cosa, los italianos otra... Creo que en medicina nunca se había hecho tanto sin ninguna evidencia clínica ni experimental, incluso se utilizaron fármacos que luego a posteriori se ha visto que no eran eficaces. Y vuelvo a insistir en esa gestión del miedo, cuando la gestión de los profesionales sanitarios debería basarse en la evidencia clínica.

También ha sido un reto físico, porque a muchos de nuestros pacientes con insuficiencia respiratoria aguda grave había que ponerlos en decúbito prono para oxigenar mejor algunas zonas de los pulmones. Para movilizar a un cuerpo que no colabora porque está en un coma inducido por los fármacos se necesitan cuatro o cinco personas y es una maniobra que en nuestra UCI solemos hacer una o dos veces al mes. Y ahora lo hacíamos todos los días y prácticamente a todos los pacientes, con una ocupación de la UCI de prácticamente el doscientos veinte por cien. Ha sido un esfuerzo físico brutal, tremebundo.

Y también ha sido un reto emocional. Las unidades de cuidados intensivos son espacios de vida y en circunstancias normales nueve de cada diez personas sobrevive a su situación crítica, pero con el coronavirus la mortalidad ha sido prácticamente del cincuenta por ciento. No estamos acostumbrados a trabajar en esas condiciones tan estresantes ni a una mortalidad tan elevada. Y con el añadido de tener que gestionar el propio miedo, porque como profesional sanitario corrías riesgo de infectarte.

Me gusta decir que nos hemos dejado la vida, de forma literal, porque creo que son ya más de ochenta los sanitarios fallecidos en esta pandemia en acto de servicio. Ha quedado claro el compromiso que los profesionales sanitarios tienen con la población, y ahora queremos es que la población no nos olvide. No solo valen esos aplausos, esos reconocimientos como el Premio Princesa de Asturias, que están muy bien; sobre todo hay que mejorar las condiciones laborales, el número de profesionales, hacer contratos estables, porque está muy claro que no se pueden hacer recortes en sanidad.

-En su UCI familiares y pacientes han podido despedirse. ¿Cómo han conseguido mantener una UCI más humanizada en plena pandemia?

-Basándonos en la gestión científica, no en la gestión del miedo. Y además es muy sencillo de entender: si los profesionales sanitarios de mi hospital prácticamente desde el primer mes hemos tenido equipos y no nos infectábamos, pues la familia, tomando las mismas precauciones, con los mismos equipos de protección individual en caso de que se acercaran a menos de dos metros de los pacientes que estaban en proceso de morir, era lo mismo. Yo creo que debería estar prohibido prohibir, sobre todo cuando se hace desde el miedo y no desde la ciencia. Si nosotros no nos estábamos infectando, ¿por qué se iban a infectar los familiares?

A nosotros nos sale de forma natural, creemos que las familias tienen que ser nuestros compañeros en los cuidados y estar presentes. Todos los casos de personas que han muerto solas nos tienen que hacer reflexionar sobre qué tipo de sociedad queremos ser, porque ni el coronavirus nos puede robar la humanidad.

«Todos los casos de personas que han muerto solas

nos tienen que hacer reflexionar sobre qué tipo de sociedad queremos ser,

porque ni el coronavirus nos puede robar la humanidad»

-Hay hospitales y residencias en las que las restricciones siguen vigentes tres meses después. ¿Tiene alguna justificación?

-Eso debería ser corregido ya, de forma instantánea. Se puede entender que al inicio, ante una situación desconocida, se tomen medidas restrictivas, pero no tiene sentido prohibir la visita de la familia, ningún sentido. Lo que hay que hacer es exigir que doten a los profesionales sanitarios de recursos materiales para que las visitas se hagan con seguridad.

-Vivir la pandemia en primera línea, ¿le ha dejado secuelas como profesional?

-Me encanta mi trabajo, si no no lo haría, pero sí que creo que hay muchos compañeros que van a dejar la profesión, porque realmente en esta situación nos hemos jugado el pellejo. Y ahora con la desescalada nos da mucho miedo; no nos hemos jugado la vida para que la gente haga lo que le salga de las narices, así de claro. A esa gente que es irresponsable, que no cumple con el bien común y que es egoísta, la invitaría a venir a cualquier unidad de cuidados intensivos de España para ver a un paciente con secuelas, que son el cien por cien, o a hablar con algún familiar de un fallecido, porque parece que no aprendemos.

«La desescalada nos da mucho miedo; no nos hemos jugado la vida 

para que la gente haga lo que le salga de las narices»

El libro me ha servido como terapia, estoy absolutamente convencido de que si no lo hubiera escrito estaría tarado, porque las situaciones que hemos vivido en los hospitales han sido absolutamente dantescas, macabras y horribles. El libro ha sido como una válvula de escape y el hecho de estar enfermo me permitió pararme a pensar y reflexionar sobre todas las cosas que hemos vivido, soltarlas y aceptarlas.

Y aunque la gente crea que el libro es una crónica del coronavirus, pretende ser útil para la transformación de la sanidad hacia un modelo centrado en la dignidad de las personas, que es lo que llevamos haciendo en el proyecto de investigación que yo lidero para la humanización de la asistencia sanitaria en general, el Proyecto HU-CI (HUmanizando los Cuidados Intensivos), que lleva ya seis años funcionando. Y fíjate que en el 2017 publicamos nuestro manual de buenas prácticas, que consta de 160 medidas que estoy seguro que si se hubieran implementado por parte de las autoridades sanitarias hubiera muerto menos gente. Y desde luego la gente no se hubiera muerto sola, por mencionar solo una de las 160 medidas, la más llamativa.

-Es defensor de los beneficios de la música, de la musicoterapia, en las personas ingresadas en una UCI. ¿Qué canción le recordará para siempre lo vivido durante esta crisis sanitaria?

-Muchas canciones, porque cuando entraba en la unidad lo primero que hacía después de ver cómo estaban los pacientes y hablar entre nosotros tomando un café, era poner música en el altavoz, para que todo el mundo la oyera. Ha habido muchas canciones, muchos momentos. En el epílogo del libro, aunque vamos a hacer un poco de spoiler, cuento un momento que fue absolutamente maravilloso. Un familiar nos pidió que le pusiéramos a su padre, que estaba en coma, la canción La flor de la canela interpretada por María Dolores Pradera y Joaquín Sabina, porque pensó que le iba a ir bien. Yo se la puse al paciente al oído, y también había conectado mi teléfono al altavoz. En ese momento se paró toda la unidad de cuidados intensivos y estábamos todos juntos. Fue un momento mágico, de unión del arte con la medicina.

Pero también hemos oído música brasileña, que me encanta y en un momento determinado parecía que te transportaba a las playas de Brasil, mucha música de los U2, Dire Straits, música española... Incluso a las cuatro de la tarde poníamos sesiones de música tecno para que la gente se activara. Cada momento tenía su banda sonora.

Realmente la música cura y es parte fundamental de nuestras vidas, ¿por qué no puede estar en los hospitales? Supongo que hay gente a la que le puede parecer frívolo todo esto, pero a mí ponme un equipo que esté tranquilo y disfrutando de lo que está haciendo. A mí la música me gusta, me ayuda y creo que realmente fomenta mucho el trabajo en equipo.

¿Algún mensaje tras haber sobrevivido en primera línea?

-Dos cosas. Primero, que humanizar la sanidad es una necesidad y que el virus ha puesto de manifiesto lo importante del trabajo que veníamos realizando en el Proyecto HU-CI durante estos seis años. Que no es algo casual que tengamos más de 100.000 seguidores, que estemos en 25 países, y que lo que hace falta es una estructura para llevar esta idea a cabo. Por eso recientemente hemos iniciado los trámites para crear la Fundación para la Humanización de la Asistencia Sanitaria, la Fundación HU-Ci. Y decir que lo que queremos los sanitarios es que la gente no nos olvide.

«Humanizar la sanidad es una necesidad, y el virus ha puesto de manifiesto 

lo importante del trabajo que veníamos realizando en el Proyecto HU-CI»

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